Saturday, December 03, 2011

Una poeta en la televisión


Quien pretenda dedicarse a la poesía, primero debe buscarse otro oficio para sobrevivir. Jaime Sabines atendía su propia tienda de telas en Tuxtla Gutiérrez. Elías Nandino era médico. Otros grandes escritores han recurrido a la burocracia, el magisterio, el periodismo o la edición de libros, actividades que también ejerció Margarita Villaseñor antes de que arrecieran tiempos difíciles y tuviera que vender entre sus amistades tamales para el Día de la Candelaria y bacalao en la Navidad. Y gran parte de los cheques que cobró a lo largo de su vida provinieron de una industria completamente alejada de lo poético: la televisión.

¿Qué hacía una escritora de tanta sensibilidad, doctora en literaturas comparadas en la Universidad de París, amiga de Octavio Paz, José Gorostiza, Alí Chumacero y otras figuras de la literatura mexicana, arriesgando el prestigio y desperdiciando la imaginación escribiendo historias de criadas? Tal vez porque su trabajo como guionista no cautivaba únicamente al servicio doméstico, algo que comprendió por casualidad hace 25 años, cuando trabajaba junto al novelista Enrique Serna y el dramaturgo Carlos Olmos en la telenovela Cuna de Lobos.

En 1986, durante una de las sesiones de trabajo, este trío de intelectuales se quebraba la cabeza tratando de justificar la truculenta trama. Había que desaparecer a una metiche secretaria para evitar que cayera en las garras de Catalina Creel, y el único modo de mantenerla viva era dotándola de una doble personalidad. Gracias a una peluca, lentes oscuros y la ingenuidad del público, la entrometida se haría pasar por una misteriosa mujer, supuestamente francesa, a la cual sólo había que ponerle un buen nombre para que los demás personajes le creyeran que venía de París. Margarita sugirió bautizarla igual que a la primera esposa de Salvador Elizondo: Michelle Alban.

Meses después, cuando salió al aire el episodio, la verdadera Michelle Alban llamó indignada a casa de Margarita Villaseñor.

-¡Qué bárbaros, Margarita! ¿No le pudieron poner otro nombrecito? Por su culpa el teléfono no ha parado de sonar. Ya me llamaron para burlarse Monsiváis, Gabo, Juan García Ponce, Marco Antonio Montes de Oca…

Era cierto. Además de las injustamente vilipendiadas señoras del aseo, gran parte de la intellectualité del país también estaba al pendiente del culebrón. Margarita Villaseñor no perseguía la literatura; la literatura la perseguía a ella. Fue una guionista reconocida y admirada, pero siempre ajena al medio, uno de esos raros casos en la historia de la televisión mexicana donde la creatividad y la inteligencia no estuvieron reñidas con el rating. Aparte de los mencionados Olmos y Serna, y de los libretos escritos por Eduardo Lizalde, Vicente Leñero y Luis Reyes de la Maza, Margarita fue acaso la única autora de relevancia que ha incursionado en el bizarro mundo de las telenovelas.

Esta extraña faceta de su obra no era producto del sentimentalismo o una afición por las emociones desbordadas, sino gracias al enorme conocimiento que tenía del género. Aunque era una amiga cariñosa, devota y efusiva, quienes la trataron saben que carecía de toda vena melodramática. Sin embargo, su experiencia en el teatro, en el cual destacó y obtuvo premios importantes, le permitió dominar los géneros dramáticos a conciencia y escribir con la misma destreza diálogos ya fuera para Ofelia Guilmáin en “La Celestina” o para Lucía Méndez en “El extraño retorno de Diana Salazar”.

Es cierto que con su muerte México ha perdido a una poeta excepcional, y algunos de nosotros a una amiga entrañable, pero también deberíamos lamentar la ausencia de una de las pocas personas que tenían la capacidad de aportarle un poco de poesía a la televisión. Una razón de más para apagarla ya definitivamente, habiendo, como en los libros de ella, tantas y tantas buenas páginas por leer.


Texto leído en el homenaje a Margarita Villaseñor en la Universidad Autónoma Metropolitana. Noviembre, 2011.

Thursday, December 01, 2011

Piromanía

No sé quién lo dijo –tal vez nadie– que un escritor al que jamás han censurado es porque en realidad nunca ha tenido nada que decir. Agradezco entonces a la revista Lee+ por haber suprimido un incómodo párrafo de esta colaboración intrascendente. He aquí la versión sin cortes.

El fuego es una de las armas más peligrosas que existen cuando es manipulado por seres sin escrúpulos. Especialmente un escritor. Si no pregúntenle a Nerón, que desde que Suetonio le endilgó en La vida de los Césares el sambenito de haber sido culpable del incendio de Roma, aún dos milenios después cada vez que un pobre diablo rasga los fósforos y amenaza con prender la casa de sus suegros vuelve a figurar colmado de descrédito el nombre del emperador.
Así pues, el más famoso pirómano de la historia es un invento de la literatura. No hay razones para creer que fuera de otro modo. El fuego ejerce un encanto al que pocos autores se han resistido. ¿Por qué? Si tienen la cabeza vacía y treinta segundos de ocio, observen la danza del oxígeno en combustión hasta que se consuma ya sea el tiempo dispuesto o la flama del cerillo. Al final bailarán también una que otra neurona dentro del cráneo y habremos descubierto un poco más de nosotros mismos. Ahora bien, si medio minuto es insuficiente para controlar la fascinación por las llamas, siempre habrá la oportunidad de poner a arder la imaginación con un libro, aunque también exista el riesgo de salir quemados por andar metiendo las manos al fuego.

Pirómano (Firebug), de Robert Bloch, puede aliviarnos de la obsesión. Autor de culto en la novela negra e inmortalizado gracias a la adaptación al cine de Psicosis, por la cual legiones de cinéfilos le están agradecidos, Bloch asegura que todos somos pirómanos en potencia, sólo basta que alguien encienda la mecha para explotar. Como Philip Dempster, su álter ego, la delicada línea que nos separa de tales psicópatas es reconocer que podríamos serlo. “Casi todos los pirómanos niegan que lo sean; incluso se lo niegan a sí mismos”, puntualiza el personaje en uno de los mejores capítulos del libro, antes de que los vicios típicos del género desenmarañen la trama en un desenlace que apaga las fugaces llamaradas de genio que alumbran muchas de sus páginas.

Es probable que Bloch no hubiera tenido tiempo de leer, pues fue publicada casi al mismo tiempo, la obra maestra de Yukio Mishima, El pabellón de oro, quizás el mejor relato de un incendiario, pero Stephen King contó con veinte largos años para aprender del gran narrador japonés antes de abordar el tema en Ojos de fuego (Firestarter), publicada en 1980. Mezcla de piromanía, complot político y relato de terror, la versión de King es una de esas historias que merecen el nefando elogio de decir que el lector una vez que empieza no puede ya detenerse. Y es que no hay nada en ella que merezca un instante de introspección, el argumento es demasiado enredado para explicarse en unas cuantas líneas, y podríamos ahorrarnos muchas más si encontráramos en la tele algún día la película donde una imberbe Drew Barrymore usa sus poderes sobrenaturales para chamuscar las cosas horribles que encuentra a su paso. Lástima que ese talento es exclusivo de Charlie McGee, la niña piroquinética que inventó Stephen King, pues de lo contrario habría más de un lector inconforme convirtiendo en cenizas la novela, uniéndola a esa otra vertiente literaria afín al tema: la quema de libros.

Caso muy distinto al de la exitosa e irreverente novela de Brock Clarke, El club de los pirómanos para incendiar casas de escritores (An Arsonist’s Guide to Writers’ Homes in New England), cuyo único pecado es la mala traducción del título. Aquí es imposible no interrumpir la lectura y desfogar una flamante carcajada cada vez que el protagonista nos deleita con sus ocurrencias y continuas metidas de pata. Pirómano accidental y hombre de pocas luces, este entrañable personaje difícilmente apagará su flama en la hoguera de las vanidades donde brillan los inolvidables antihéroes de la narrativa estadounidense. Sam Pulsifer y su creador deberían formar parte ya de los clásicos de la picaresca norteamericana, junto a Toole, Salinger & Cia. Su humor nos abrasa desde las primeras frases donde la chispa del ingenio se esparce en una reacción en cadena y tras mantenernos en ascuas nos achicharra de risa hasta el final y más allá, pues el colofón es una entrevista imaginaria entre el autor y su inolvidable criatura, no tan divertida pero sí reveladora, como las teas que sobreviven a la deflagración.

Existe la posibilidad, claro está, de que usted sea un amante de los reallity shows, abomine la ficción y prefiera libros sin mentiras; el tipo de persona que cree que la piromanía es un problema que sólo atañe a los psiquiatras y bomberos. En tal caso, hay un libro imprescindible que lo mantendrá alejado de ese mundo inexistente y licencioso de los narradores: El fuego, mitos, ritos y realidades, editado por Anthropos. En él hallará un edificante estudio lleno de estadísticas sobre las fogatas forestales en Andalucía; un aleccionador ensayo acerca de los ritos incendiarios de los himba, nativos de Angola y Namibia; o apelará al nacionalismo para desentrañar la cosmovisión ígnea de la cultura otomí. Tercer tomo de una colección dedicada a recopilar las conferencias dictadas en los Coloquios Internacionales organizados por el Centro de Investigaciones Etnológicas de Granada, a principio de los noventa, el libro está consagrado al fuego (los otros tres mamotretos hablan del agua, la tierra y el aire) y seguramente lo mantendrá con la mente libre para no pensar nunca jamás en esa rojiza energía capaz de volvernos locos o suicidas.

Tuesday, July 19, 2011

Había una vez un hombre



Harta de la humanidad, la pobre rana escogió de entre los estantes aquellas novelas donde la vida de los hombres no fuera el único tema. Tuvo que revisar cientos de contratapas, pues la mayor parte de las historias protagonizadas por bichos inteligentes pertenecían a la sección infantil y sus tiempos de renacuajo ya habían quedado atrás. La oferta era escasa, pero entrevió algunos hallazgos, principalmente británicos, de uno que otro escritor de culto y el siempre inabarcable repertorio de clásicos. Finalmente, después de excavar horas los anaqueles, hizo una selección y salió muy contenta con la peregrina idea de haber encontrado al fin un tipo de literatura dedicada a explorar el alma de los animales.

Esa misma tarde quiso disfrutar de sus compras y abrió el menos copioso de los volúmenes. Sobre un nenúfar que flotaba en el río, recostada a sus ancas, aclaró la vista con un lengüetazo y dio vuelta a la página que ella misma se dedicó para engañar a los moscardones, los cuales invariablemente caían en la trampa y morían engullidos al asomarse a leer la supuesta firma del autor. “To my beloved frog. G. O."

No tardó en llevarse la primera decepción. Suponía por el título que si la acción ocurría en una granja y la anécdota versaba alrededor de sus ocupantes, entonces no tendrían por qué haber referencias a los horrores de la civilización. Por desgracia, aún no rebasaba la página cincuenta cuando descubrió que el libro trataba sobre una mafia de cerdos que gobierna una comuna de bestias incautas. El argumento no difería mucho de las crónicas de sociales. Cuán poco saben los escritores ingleses acerca de la vida en el corral, regurgitó la rana aunque seducida por la narración no podía despegar del papel sus ojos desorbitados. Tuvo que aguantarse las ganas de comer luciérnaga con tal de mantener iluminada la noche hasta que concluyó el último párrafo a mitad de la madrugada.

Por la mañana retomó sus lecturas. La segunda adquisición era una edición de lujo llena de ilustraciones y hojas resplandecientes que de nuevo le sirvieron de carnada, pues los zancudos no resistieron la tentación de querer picar a la fauna dibujada en las láminas. La anfibia solía pensar que no abundaban en el universo seres más tontos que los insectos, pero al ir ojeando los cuentos reconsideró su teoría. En los relatos aparecían muchas de las criaturas que alberga la selva: lobos, serpientes, felinos, monos, elefantes y un niño en estado salvaje a quien por otros motivos y aciaga coincidencia llamaban también “la rana”; sin embargo, a pesar de tanta diversidad, daba la impresión de que todos imitaban el comportamiento de los homínidos. Los personajes del libro de la jungla no eran miembros potenciales de un zoológico sino de un manicomio. De cualquier modo, cada uno de los episodios la mantuvieron hipnotizada, sin dejarla siquiera cambiar de color. Hay que reconocer que estos cazadores de letras tienen talento para engañar, cantó la rana y brincó de gusto al cerrar la tapa.

La tercera y última novela que compró le produjo la sensación de haber sido otra vez víctima de un timo. Contaba las imaginarias aventuras de una rata de biblioteca, solitaria, ociosa y adicta a devorar libros. No obstante, como advirtió rasgos de su propio carácter, pronto intuyó que el narrador no era la alimaña que presumía ser. A mí no me ven la cara de sapo, se puso a croar la rana mientras iba cambiando las hojas con la lengua, de manera inconsciente, como si apetitosas catarinas se estuvieran posando en el borde de las páginas. No necesitó del epílogo para darse cuenta que todo había sido una ficción, para entonces ya estaba definitivamente convencida de que los hombres no entendían el instinto animal y cada vez que intentaban escribir libros sobre otras especies terminaban retratándose a ellos mismos tal como son: incomprensibles.

Sin más obras por descubrir, la rana volvió a la rutina diaria, una vida a salto de mata, demasiado peligrosa para una anura pacífica a quien no le interesaba arriesgar el pellejo mientras en el pantano entero se peleaba el control de la hierba. Moría de ganas por migrar al otro lado del charco, aunque tuviera que trabajar como larva. Allá vas a ser un batracio miserable, hace mucho frío y los juncales cuestan una fortuna, le decían las salamandras. Ella se inflaba de coraje ante la mediocridad de su parentela. ¿Cómo explicarles que mientras más la arredraran menos le interesaba morir en la ciénaga, sin conocer otros barrizales? Sentía que por dentro se estaba secando, mas no sabía cómo expresarlo. Entonces, en un arrebato de instinto, presto a la metamorfosis, redactó una carta de despedida de tal modo que toda su familia comprendió por qué no volvieron a saber de él. Mucho tiempo después aún la leían los viejos tritones asombrados por la claridad de sus palabras. El recurso era muy sencillo: si los seres humanos tomaban la forma de otros organismos para describir sus dolores y alegrías, sus sueños y preocupaciones, la rana sólo tuvo que imaginarse en otra piel y empezar a escribir.

Había una vez un hombre…

Cuento publicado en la revista Lee+. Mayo, 2011.

Friday, March 12, 2010

Catarsis

No es que no haya tenido nada qué decir, es que estaba escribiendo en imágenes.




Thursday, June 19, 2008

La muerte de CX-33

Este cuento fue publicado hace pocos años en el primer número de la revista Pliego 16, pero la vergüenza, más que la autocrítica, me hizo corregirlo de manera radical. Como es imposible desaparecer los ejemplares que entonces se distribuyeron, al menos pido una disculpa y enmiendo el error.


No se rían. Detrás de todo absurdo yace una tragedia. Ya sé que si no fuera yo el involucrado, quizá me hubiera caído de la silla a carcajadas. Pero no tengo humor. Soy un hombre ritual: me levanto a las siete en punto, corro media hora en el sótano de mi casa y antes de bañarme suelo tomar un café negro mientras hojeo el periódico, el maldito periódico… A pesar del ejercicio y la caminadora, apenas logré despertar. En las mañanas veo mal, la vista se me nubla y tengo lagañas de cemento. Tuve que dar otro sorbo a la taza y ajustarme los lentes para descifrar la tinta en el papel. Y ahí estaba, junto a las ofertas de temporada, la preciosa fotografía de la explosión y muerte de CX-33, la estrella de mi amor. (Científicos de todo el mundo se asombran ante el primer retrato de la muerte de una gigante roja. Se lleva el crédito el Telescopio Espacial Hubble.) ¿Por qué los astrónomos nunca calculan el efecto de sus hallazgos en la gente que confía su alma a los horóscopos? ¿Nadie consideró la posibilidad de publicar junto a la imagen el obituario de mi corazón? Me hubieran evitado un doble duelo: murió la vaga esperanza cósmica que aún tenía y la nebulosa relación que escondida en el vacío orbita alrededor de mi vida. El sol me cegó y nunca descubrí a Némesis, la enana marrón que agazapada en las sombras lanzaba sobre mí su puntual lluvia de rencor. (Romance: la fuerza de la estrella equidistante entre los polos de la constelación es pieza fundamental en las parejas del Escorpión regido por la cuarta luna de Saturno.) Escéptico, aún hesito. Las computadoras también se equivocan. Tal vez la carta astral desatinó, tal vez todavía encuentre algún día a esa persona que supongo está destinada a toda otra persona, tal vez sean casualidad mis repetidos desastres románticos, tal vez soy inmune a los malos sortilegios, o tal vez yo sea un estúpido que vive en el quizá y se alimenta de tal-veces insubsistentes, vacuos, como el espacio donde brillaba. Me ha timado una sibila. El oráculo de aquella pitonisa de algoritmos (Saque su Carta Astral por computadora, olvídese de los chamanes) resultó tan falso como las profecías de mis indulgentes sinodales. Que vengan ahora la caterva de astrólogos a desmentir la fotografía. Que venga ella a engañarme de nuevo, a fingir amor otras mil veces. ¿Qué son mil más una? Traición al cubo, la fórmula de la soledad: estar siempre fuera de lugar y desaparecer antes de tiempo. (xy + xx = 0-0) Debí sospechar la conexión que había entre el universo y esa desgraciada: a ambos los espiaba con el mismo artefacto. Pero un buen telescopio es un mal consejero. Tarde entendí que debía primero peinar los confines de la bóveda celeste antes que asomarme al edificio de enfrente; o colocar el objetivo al revés, enfocar el mundo como enfoco los momentos de dolor: al fondo de un túnel, remotos e inasibles. Los presagios del porvenir son un catalejos invertido, las inminencias parecen lejanas, lo próximo en lontananza. (Relatividad.- 2. f. Fís. Teoría que se propone averiguar cómo se transforman las leyes físicas cuando se cambia de sistema de referencia.) Ahora sé que esa tenue titilación a la orilla del horizonte, la luz que retuvo el lente e imprimió el diario, salió del rincón de una galaxia hace ya millones de años. La única oportunidad sentimental que tuve fue hace quinientos sesenta mil pársecs, cuando la tierra era apenas una bola de gas. Y hoy empiezo a creer que mi futuro lo rigen estrellas muertas, apagadas, extintas. Quizá, como reveló la revista dominical, la felicidad que me corresponde se halla en otra dimensión. Acá en la Tierra una nueva teoría propone la existencia de universos múltiples, paralelos al cosmos, debajo de las cuerdas cuánticas que estrangulan el tiempo en vectores euclidianos. Yo no entiendo mucho de eso, pero quiero saber si en otras realidades también me traicionaron... Mañana mismo presento mi renuncia al Comité y abandonaré las mañanas de ejercicio y café para formar un movimiento de Escorpianos regidos por Saturno, nacidos el último día de noviembre a las tres y media de la madrugada. Demandaremos a la NASA (40 lunáticos arman alboroto en las afueras de Cabo Cañaveral. Uno de ellos arrestado por quemar la fotografía de Neil Armstrong) y exigiremos una orgía con las porristas de todo Florida para resarcir el daño psicológico que nos han generado. También demandaré a los tarots de la ciudad por hacer cualquier cosa, menos servir café. Mientras tanto buscaré a una gitana bielorrusa que en vez de leer el corazón lea el humo en mi cabeza y dé fin a esta tragedia en pugna con la comedia que dejó la mala sátira de mi absurdo pasado. Si alguien más intenta estafarme con un mapa astral, le diré que me parieron en un día nublado, cuando la Osa Mayor, la Osa Menor y el resto de la fauna sideral hibernaban en la atmósfera. (Venus está fuera de órbita y salió de la casa de Saturno para meterse en la de Neptuno; si los cuernos de Tauro despuntan al Virgo, hay que poner dos Libras en una balanza.) A esa mujer algún día le demostraré el hoyo negro que rige su signo y la radiación de odio que no logra escapar de mi horizonte de sucesos. En cambio yo seguiré aquí, en este agujero de gusano, aguardando su espectacular aparición. En cuanto posen la nodriza en el conejo de la Luna y hagan flotar platillos voladores encima de las catedrales, no habrá ya adivinos que prometan la felicidad. Nadie sugerirá después de ver a los marcianos que el amor es universal. El mío murió con una estrella. Pero los que estamos solos en la Tierra aprendimos a ver la luz negra del vacío, esa energía oscura que los hombres llamamos futuro y que ustedes vienen a iluminar. Sólo les pido que al bajar recuerden su ascendente. Las terrícolas son mañosas y aquí los astros juegan malas pasadas. No se dejen engañar. Si algún charlatán les habla del destino, nunca olviden que sólo los imbéciles tienen la certeza del mañana. Vivir es no saberlo.

Saturday, March 01, 2008

El teatro literario de Carlos Olmos.

Hace algunos años, durante una temporada que pasé fuera de México, Carlos Olmos me hizo venir ex profeso para enseñarme su última obra, “Después del Terremoto”. Fue inútil pedirle que enviara una copia por correo: yo no debía leer el texto sino escucharlo, aplaudir después de la función… aunque él fuera el único actor.

Olmos creía que su trabajo no estaba en lo que escribía sino en el escenario. Había publicado todas sus obras anteriores y aunque sabía que algunas de esas ediciones estaban apolillándose en bodegas, la falta de lectores no le quitaba el sueño. Como todo autor dramático, sus libros concluyen con un ‘Telón’. A diferencia de Usigli, él no pensaba en la posteridad; quería ver las puestas en escena. Rara vez mencionaba “Las ruinas de Babilonia”, la única obra que jamás logró estrenar, aunque sí consiguió publicarla. La explicación está en uno de los introitos que mandaba incluir en los programas de mano: “El teatro –-apuntó-- no se cumple si no existe ese público para el cual uno escribe”.

El drama tardó mucho tiempo en ser adoptado por la literatura. Para entender la disociación, hay que tomar en cuenta que parten de distintos orígenes. La primera, hija de la liturgia, era en un principio lectura exclusiva de eruditos o personas relacionadas con el género; la lírica, por el contrario, fue ampliamente difundida desde Homero hasta nuestros días. Los helenos memorizaron “La Iliada” durante siglos hasta que los versos que hoy conocemos fueron transcritos definitivamente; en cambio, de Sófocles sobreviven apenas siete de sus noventa y un tragedias y más de setenta obras de Eurípides se perdieron. Cuando la tragedia griega decayó, a nadie le importó conservar los textos. Sin representación, los manuscritos carecían de valor.

Tuvieron que pasar dos milenios para que las obras de un autor dramático circularan públicamente. El primer bestseller del teatro fue Lope de Vega, quien recopiló su teatro en 25 tomos que se vendían en España como pan caliente. Casi al mismo tiempo, Corneille adquiría en el país vecino el rango de poeta, al ser admitido en la recién creada Academia Francesa. El prestigio de aquellos dramaturgos facilitó el reconocimiento literario que gozaron sus sucesores: Racine, Goethe, Schiller e incluso Shakespeare, quien era prácticamente desconocido hasta mediados del siglo XVIII. Aunque ciertos intelectuales parecen olvidar que quizá el más grande de los escritores nunca escribió una novela ni se le recuerda por sus poemas, hoy nadie duda que el teatro escrito también sea parte de la literatura.

La publicación del ‘Teatro Completo de Carlos Olmos’ es una forma de reconocer la dramaturgia como un elemento esencial de nuestras letras. En un país donde rara vez se reponen los clásicos nacionales, la edición de un tomo como éste es digna de celebración. Agradezco a Angelina Cué, Consuelo Sáizar, Joaquín Díez-Canedo y Geney Beltrán, el esfuerzo que hicieron por devolverle al teatro mexicano lo que los productores privados y oficiales se empeñan en negarle: vigencia. Mientras en México no exista la voluntad de montar con frecuencia el repertorio de los dramaturgos más representativos del país, desde Sor Juana hasta Carlos Olmos, será necesario difundir la literatura dramática de manera impresa. Si al nuevo público le niegan la oportunidad de ver en escena las obras más importantes del teatro mexicano, al menos podrán disfrutar leyéndolas.

Por esta razón, Enrique Serna y yo creímos conveniente que el prólogo de este volumen no fuera un ensayo que analizara el legado de Carlos Olmos desde una perspectiva estrictamente literaria, e intentamos introducir de algún modo el proceso del montaje. El libro cumplía como literatura, pero le hacía falta una visión de escena. Cuando el Fondo de Cultura Económica nos encomendó la edición, decidimos entrevistar a los directores que llevaron a la práctica lo que cada lector irá imaginando al dar la vuelta a las páginas que conforman este volumen. Quien lee teatro se convierte en un virtual director de escena: pone rostro a los personajes, construye la escenografía en su cabeza y da voz a esos seres mágicos que habitan dentro de las obras. En este sentido, la lectura puede ser tan gratificante como la de una novela. Algo es seguro: no se aburrirán. Olmos siempre supo entretener a su público, tanto en el drama como en el melodrama, pues como muchos están enterados, también de su pluma nació “Cuna de lobos”, la telenovela más exitosa de la historia, y “Aventurera”, el espectáculo que más boletos ha vendido en este país.

Carlos Olmos le cumple a la literatura con este libro; ahora esperemos que a partir de esta edición surjan nuevos creadores escénicos que ayuden a este gran escritor chiapaneco a cumplirle al teatro.

Texto leído en la presentación del tomo "Teatro Completo de Carlos Olmos", en el Palacio de Minería.

Friday, February 08, 2008

Post scríptum

Debido a mi proclividad a la verborrea literaria, no pude ajustarme al espacio de la revista Escala, que publica Aeroméxico. He aquí el texto original, antes de que lo editara. Para aquellos que prefieren Mexicana o quienes no viajaron durante el mes que este cuento convivió junto a miles de bolsas de vómito, ahora pueden leerlo, imaginando que vuelan.


Palabras Sordas

Soy mudo. Por eso escribo. Porque no puedo oír lo que leo. A usted, querido lector, tal vez le parezca sencillo ponerse a declamar este texto; yo, en cambio, tuve que inventar un lenguaje inmune a mis dislalias y tartamudeos.

Fui un niño precoz. Di mis primeros pasos antes de cumplir un año. Podía redactar un poema a los dos. Y resolví ecuaciones de física nuclear cuando aún no iba en la escuela. Mas nunca logré hablarle a las cosas. Llamarlas por su nombre: estuario, cigala, alhelí. Las vocales salían por la garganta libremente hasta ahogarse en el eco fugitivo de una pesada consonante, rehén de mis dientes. Mi abuela, quien sabía todo de enfermedades, dio el diagnóstico certero: padezco retraso vocal.

Papá y mamá, inocentes de mis tropiezos orales, contrataron fonólogos y logopedas con la esperanza de escucharme algún día contando chismes o una pequeña calumnia. Fracasaron. Mi mutismo venció a los expertos. Luego alguien aconsejó comprar un loro ecuatoriano: repiten lo que uno quiere oír, les de pereza volar y viven tanto como un hijo. Al poco tiempo el ave ocupó mi lugar.

Huí de mi casa y viajé por el mundo. Solo y callado. Pero como traía la oreja bien puesta, pronto me hice de un oficio. Domino treinta y tres lenguas, aunque no las hable. Soy un mudo políglota. Estudié etimología leyendo periódicos y dicción en las canciones de amor. No cabe duda que el encanto por las mentiras épicas es universal. Por ejemplo Dios, la excepción de Babel, prefiere que le rueguen con el mismo murmullo: Dor, Dio, Dai, Dievs, Dieu, Déu, Diaus, Deus, Zeus, Theos, Teotl. No hace falta presumir de lenguaraz para aprender muchos idiomas; los difíciles son los primeros siete.

Muchos años después, cuando repasaba la morfología del volofo, un dialecto ancestral que hace apenas medio siglo carecía de gramática, descubrí que yo tampoco era dueño de un lenguaje propio. Los ciegos, gracias a un adolescente francés, Louis Braille, delegan en sus yemas la luz extinta en sus ojos. Los sordos leen en labios ajenos majaderías para luego imitarlas con ademanes soeces. Incluso quienes no oyen ni ven –excluyendo políticos- emplean el tamoda para discutir la belleza de los cacarizos.

Pero nadie se preocupó por nuestro silencio. Nos colgaron al cuello una libreta, como si las letras pudieran expresar algo más que simples ideas. Escribir es una actividad engorrosa, aburrida y casi siempre estéril. Un papel lleno de garabatos no quema la piel aunque el sol se repita en él diez mil veces. El mar no puede caber en una palabra tan corta. Y es imposible transcribir un chiflido.

Por eso he creado un lenguaje mudo como yo. Las sílabas de esta frase no deberían sonar. Usted está siendo víctima de un engaño, un ardid literario. Lo han estafado mis traductores. Fuese al mandarín, hindi o eslovaco, es imposible calcar el silencio. Le recomiendo quedarse callado. Cierre la boca y descubra en la ociosa voz de los demás por qué soy feliz. A palabras sordas, oídos necios.

Thursday, December 13, 2007

Faraway, so close...

"Cada quién hace la revolución como puede", se defiende el profesor frente a la cámara. Han pasado 16 años desde aquella borrachera decembrina que lo animó a gritar proclamas contra el gobierno comunista, en la plaza central de Vaslui, una pequeña y olvidada provincia rumana. El episodio habría pasado desapercibido si en la capital del país, (¿minutos antes, minutos después?) Nicolae Ceausescu no hubiera escapado al mediodía en un helicóptero, dejando a Rumania sin presidente, sin comunismo y sin terror.


La anécdota forma parte de 12:08 Al este de Bucarest, Camera d’Or en Cannes y ganadora del último FICCO. El título original, sin embargo, subraya mejor el contexto de la película: A fost sau na fost? La interrogante permite una doble interpretación, ontológica y realista. Por una parte pregunta si hubo una verdadera revolución nacional, si algo ha cambiado en la conciencia de los rumanos; por otra cuestiona la audacia del maestro de escuela y en consecuencia si se trató o no de un levantamiento. Y es que el profesor es el único habitante de aquella provincia que ‘participó’ en la revuelta; por lo tanto, un héroe. Aunque carece de testigos. Su compañero de parranda ya ha muerto e incluso su mujer duda de la hazaña. ¿Cómo pueden los improperios de un borracho ser considerados actos de valor? 

Como toda historia, esta trama permite diversos tratamientos. Pero el director, Corneliu Porumboiu, no opta por uno en particular, sino que escinde la cinta, filma con técnicas heterogéneas y estilos opuestos. Al igual que en Tres mujeres altas, de Edward Albee, aquí los géneros no se mezclan sino que quedan perfectamente diferenciados por un punto de inflexión. Lo que en un principio está actuado, fotografiado y dirigido en tono de pieza, después se transforma en una sólida tragicomedia, género casi extinto que había caído en el abandono desde la gran película de Tim Burton, Ed Wood.

Saturada de humor, la cinta genera una andanada de carcajadas sin necesidad de recurrir al diálogo o la acción. Muchos de los chistes requieren de cierto conocimiento técnico del cine, pero la mayoría pueden ser comprendidos por cualquier persona que haya tenido alguna vez en sus manos una videograbadora. Se trata de una innovación donde el lenguaje fotográfico se vuelve pieza central de la trama: divertidos emplazamientos de cámara, fueras de foco tan sutiles como hilarantes o travellings y barridos inesperados que rompen con la tensión. 

Conviene revisar entonces la estructura nada convencional de la cinta. El entorno de tiempo se despliega a lo largo de un solo día (ésto sí, convencional), dividido en dos actos sin respetar el triple esquema aristotélico que aún aplica en los guiones cinematográficos. En el primero -la exposición- conocemos a los 3 personajes principales: un anciano que vestido de Santa Clós ha deleitado a los niños del pueblo durante generaciones, el maestro alcohólico y un productor de la patética televisora local, quien los invita a su programa vespertino, dedicado a la revolución de 1989, en el cual planea esclarecer si hubo o no hubo una asonada en Vaslui.

 Durante poco más de media hora, el relato avanza a un lento compás, los saltos de tiempo entre escena y escena mantienen un paralelismo y el guión sigue la inercia de los personajes hasta introducirnos en una atmósfera pesimista, muy habitual en el cine ruso y checoslovaco, cinematografías que dominaron durante décadas este parco estilo que produjo filmes sensacionales e infinidad de suicidios. Mas luego, súbitamente, la película cambia de género; de pronto la cámara se detiene y adquiere otra personalidad. El film se convierte en un talk show y los eventos suceden de manera continua. El entorno realista evoluciona hacia el naturalismo y una nueva convención se establece. Ya no es una filmación profesional, la textura de las imágenes muestra el grano abierto de la televisión y el director de fotografía, Marius Panduru, es sustituido por un simpatiquísimo personaje oculto detrás del lente. El espectador se convierte así en parte de la ficción. Si la pantalla es un muro que restringe el contacto brechtiano y los actores no pueden traspasar la cuarta pared como en el teatro (la fantasía de Woody Allen), entonces el público se mimetiza al compartir el ojo del inexperto camarógrafo.

El cine, a diferencia de la literatura, no puede ser contado desde un punto de vista subjetivo. Mucho menos a través de una perspectiva múltiple, como Faulkner en El sonido y la furia, o el juego de voces simultáneas que Joyce usa en algunos capítulos del Ulises. La narrativa visual de un largometraje sólo se puede plasmar en tercera persona. Existe un viejo recurso, el POV (point-of-view), mediante el cual la cámara imita la mirada de un personaje, pero con horrorosas excepciones, esta técnica siempre se utiliza en una pequeña fracción del pietaje y raramente rebasa un minuto de duración. Nadie querría ver los rascacielos de Manhattan tal como los mira el Hombre Araña, pues el efecto provocaría un mareo crónico y acabaríamos vomitando nuestra butaca. 

Aunque la tesis suena demasiado simple, a veces no es fácil percibir estas obviedades. En 12:08 Al este de Bucarest, Corneliu Porumboiu sabe que la convención puede relegarlo y para no perder el control rompe con cierta regularidad la toma continua del supuesto programa de televisión. Lo hace sin aspavientos, casi de manera clandestina, sólo para recordarnos que no somos nosotros quienes dirigimos la mirada a los caracteres, pues hay un realizador detrás tirando los hilos de la trama en un acto de auténtica ventriloquia visual. 

El cine rumano no está de moda, ni entra en las conversaciones de los snobs. Sus directores, actores y fotógrafos no serán reclutados por Hollywood. Nunca ha sido nominada una película a los óscares. Y sin embargo, la calidad de su cinematografía actual es evidente. Sólo en las últimas tres ediciones del Festival de Cannes, además de la Camera d’Or a Porumboiu, otros dos directores han ganado la sección “Un certain regard” y en éste 2007 tanto la Palma de Oro (a la muy sobrevaluada Cuatro meses, tres semanas, dos días, pronto en cartelera) como el Fipresci, le fueron otorgados a una película rumana. Los premios no son elementos de juicio, pero sí un antecedente positivo si consideramos que hace poco más de una década le ocurrió lo mismo a un puñado de directores chinos (la llamada 5ta Generación: Zhang Yimou, Chen Kaige, Tian Zhuangzhuang), quienes no sólo nos regalaron varias obras maestras sino que activaron una industria que al paso de los años se extendió en toda la región. 

A esta andanada de premios se le suma una extraña coyuntura. Apenas con cuatro ediciones celebradas, el Festival de la Ciudad de México ha concedido ya dos veces a los rumanos el premio principal. No es casual. La muerte del señor Lazarescu es una película poco complaciente, de ritmo lento y puede resultar soporífera para quienes siguen la filmografía de Diego Luna porque les gusta ‘el cine de arte’. Sin embargo, parece nuestra. Es la historia de un hombre enfermo que visita en vano varios hospitales de gobierno donde nadie lo atiende y, como su título anuncia, muere en el intento. La historia no sólo se parece a los trágicos casos de nuestros hospitales de gobierno, sino también a un famoso mediometraje de los años setenta, Caridad, de Jorge Fons, donde Katy Jurado debe librar una batalla contra la desidia de los burócratas para conseguir el cadáver de su hijo. 

En cuanto a 12:08 Al este de Bucarest, las similitudes no parecen tan obvias. En nuestro país jamás ha ocurrido nada semejante: la dictadura del PRI fue una caricatura de la crueldad de Ceaucescu y el suelo de Tlatelolco aún se distinguía entre los muertos, a diferencia del tapete de balas y sangre que cubrió la plaza de Timisoara. No puede haber en este sentido una comparación temática, como en La muerte del Sr. Lazarescu. Pero en la idiosincrasia de los personajes hay una rápida identificación. Tanto los 3 agonistas como las figuras secundarias reproducen hasta la carcajada el carácter de los mexicanos. Si hiciéramos buen cine, tendríamos un mercado potencial en Rumania. Pues es increíble que mientras las comedias de adolescentes inundan las escasas pantallas y roban los exiguos presupuestos destinados al cine nacional, para hallar el cine que nos refleje debamos viajar hasta Europa del Este (también el Premio del Público del último FICCO fue a dar a aquellos lares). 

Ojalá la metáfora final de 12:08 Al este de Bucarest (de nuevo sutil, silenciosa y establecida por medio de imágenes) lleve a la reflexión en la salas de cine, sacuda el incauto criterio de las mentes indulgentes y, cuando las luces se apaguen, el brillo de la rebelión resplandezca. 

¿Ya dije que vale la pena verla?