Friday, September 26, 2008
Por los suelos
Thursday, June 19, 2008
La muerte de CX-33

Saturday, March 01, 2008
El teatro literario de Carlos Olmos.
Hace algunos años, durante una temporada que pasé fuera de México, Carlos Olmos me hizo venir ex profeso para enseñarme su última obra, “Después del Terremoto”. Fue inútil pedirle que enviara una copia por correo: yo no debía leer el texto sino escucharlo, aplaudir después de la función… aunque él fuera el único actor.

Olmos creía que su trabajo no estaba en lo que escribía sino en el escenario. Había publicado todas sus obras anteriores y aunque sabía que algunas de esas ediciones estaban apolillándose en bodegas, la falta de lectores no le quitaba el sueño. Como todo autor dramático, sus libros concluyen con un ‘Telón’. A diferencia de Usigli, él no pensaba en la posteridad; quería ver las puestas en escena. Rara vez mencionaba “Las ruinas de Babilonia”, la única obra que jamás logró estrenar, aunque sí consiguió publicarla. La explicación está en uno de los introitos que mandaba incluir en los programas de mano: “El teatro –-apuntó-- no se cumple si no existe ese público para el cual uno escribe”.
El drama tardó mucho tiempo en ser adoptado por la literatura. Para entender la disociación, hay que tomar en cuenta que parten de distintos orígenes. La primera, hija de la liturgia, era en un principio lectura exclusiva de eruditos o personas relacionadas con el género; la lírica, por el contrario, fue ampliamente difundida desde Homero hasta nuestros días. Los helenos memorizaron “La Iliada” durante siglos hasta que los versos que hoy conocemos fueron transcritos definitivamente; en cambio, de Sófocles sobreviven apenas siete de sus noventa y un tragedias y más de setenta obras de Eurípides se perdieron. Cuando la tragedia griega decayó, a nadie le importó conservar los textos. Sin representación, los manuscritos carecían de valor.





La publicación del ‘Teatro Completo de Carlos Olmos’ es una forma de reconocer la dramaturgia como un elemento esencial de nuestras letras. En un país donde rara vez se reponen los clásicos nacionales, la edición de un tomo como éste es digna de celebración. Agradezco a Angelina Cué, Consuelo Sáizar, Joaquín Díez-Canedo y Geney Beltrán, el esfuerzo que hicieron por devolverle al teatro mexicano lo que los productores privados y oficiales se empeñan en negarle: vigencia. Mientras en México no exista la voluntad de montar con frecuencia el repertorio de los dramaturgos más representativos del país, desde Sor Juana hasta Carlos Olmos, será necesario difundir la literatura dramática de manera impresa. Si al nuevo público le niegan la oportunidad de ver en escena las obras más importantes del teatro mexicano, al menos podrán disfrutar leyéndolas.
Por esta razón, Enrique Serna y yo creímos conveniente que el prólogo de este volumen no fuera un ensayo que analizara el legado de Carlos Olmos desde una perspectiva estrictamente literaria, e intentamos introducir de algún modo el proceso del montaje. El libro cumplía como literatura, pero le hacía falta una visión de escena. Cuando el Fondo de Cultura Económica nos encomendó la edición, decidimos entrevistar a los directores que llevaron a la práctica lo que cada lector irá imaginando al dar la vuelta a las páginas que conforman este volumen. Quien lee teatro se convierte en un virtual director de escena: pone rostro a los personajes, construye la escenografía en su cabeza y da voz a esos seres mágicos que habitan dentro de las obras. En este sentido, la lectura puede ser tan gratificante como la de una novela. Algo es seguro: no se aburrirán. Olmos siempre supo entretener a su público, tanto en el drama como en el melodrama, pues como muchos están enterados, también de su pluma nació “Cuna de lobos”, la telenovela más exitosa de la historia, y “Aventurera”, el espectáculo que más boletos ha vendido en este país.
Carlos Olmos le cumple a la literatura con este libro; ahora esperemos que a partir de esta edición surjan nuevos creadores escénicos que ayuden a este gran escritor chiapaneco a cumplirle al teatro.
Texto leído en la presentación del tomo "Teatro Completo de Carlos Olmos", en el Palacio de Minería.
Friday, February 08, 2008
Post scríptum
Palabras Sordas
Fui un niño precoz. Di mis primeros pasos antes de cumplir un año. Podía redactar un poema a los dos. Y resolví ecuaciones de física nuclear cuando aún no iba en la escuela. Mas nunca logré hablarle a las cosas. Llamarlas por su nombre: estuario, cigala, alhelí. Las vocales salían por la garganta libremente hasta ahogarse en el eco fugitivo de una pesada consonante, rehén de mis dientes. Mi abuela, quien sabía todo de enfermedades, dio el diagnóstico certero: padezco retraso vocal.
Papá y mamá, inocentes de mis tropiezos orales, contrataron fonólogos y logopedas con la esperanza de escucharme algún día contando chismes o una pequeña calumnia. Fracasaron. Mi mutismo venció a los expertos. Luego alguien aconsejó comprar un loro ecuatoriano: repiten lo que uno quiere oír, les de pereza volar y viven tanto como un hijo. Al poco tiempo el ave ocupó mi lugar.
Huí de mi casa y viajé por el mundo. Solo y callado. Pero como traía la oreja bien puesta, pronto me hice de un oficio. Domino treinta y tres lenguas, aunque no las hable. Soy un mudo políglota. Estudié etimología leyendo periódicos y dicción en las canciones de amor. No cabe duda que el encanto por las mentiras épicas es universal. Por ejemplo Dios, la excepción de Babel, prefiere que le rueguen con el mismo murmullo: Dor, Dio, Dai, Dievs, Dieu, Déu, Diaus, Deus, Zeus, Theos, Teotl. No hace falta presumir de lenguaraz para aprender muchos idiomas; los difíciles son los primeros siete.
Muchos años después, cuando repasaba la morfología del volofo, un dialecto ancestral que hace apenas medio siglo carecía de gramática, descubrí que yo tampoco era dueño de un lenguaje propio. Los ciegos, gracias a un adolescente francés, Louis Braille, delegan en sus yemas la luz extinta en sus ojos. Los sordos leen en labios ajenos majaderías para luego imitarlas con ademanes soeces. Incluso quienes no oyen ni ven –excluyendo políticos- emplean el tamoda para discutir la belleza de los cacarizos.
Pero nadie se preocupó por nuestro silencio. Nos colgaron al cuello una libreta, como si las letras pudieran expresar algo más que simples ideas. Escribir es una actividad engorrosa, aburrida y casi siempre estéril. Un papel lleno de garabatos no quema la piel aunque el sol se repita en él diez mil veces. El mar no puede caber en una palabra tan corta. Y es imposible transcribir un chiflido.
Por eso he creado un lenguaje mudo como yo. Las sílabas de esta frase no deberían sonar. Usted está siendo víctima de un engaño, un ardid literario. Lo han estafado mis traductores. Fuese al mandarín, hindi o eslovaco, es imposible calcar el silencio. Le recomiendo quedarse callado. Cierre la boca y descubra en la ociosa voz de los demás por qué soy feliz. A palabras sordas, oídos necios.
Thursday, December 13, 2007
Faraway, so close...
_Normal3_18378.jpg)
"Cada quién hace la revolución como puede", se defiende el profesor frente a la cámara. Han pasado 16 años desde aquella borrachera decembrina que lo animó a gritar proclamas contra el gobierno comunista, en la plaza central de Vaslui, una pequeña y olvidada provincia rumana. El episodio habría pasado desapercibido si en la capital del país, (¿minutos antes, minutos después?) Nicolae Ceausescu no hubiera escapado al mediodía en un helicóptero, dejando a Rumania sin presidente, sin comunismo y sin terror.
La anécdota forma parte de 12:08 Al este de Bucarest, Camera d’Or en Cannes y ganadora del último FICCO. El título original, sin embargo, subraya mejor el contexto de la película: A fost sau na fost? La interrogante permite una doble interpretación, ontológica y realista. Por una parte pregunta si hubo una verdadera revolución nacional, si algo ha cambiado en la conciencia de los rumanos; por otra cuestiona la audacia del maestro de escuela y en consecuencia si se trató o no de un levantamiento. Y es que el profesor es el único habitante de aquella provincia que ‘participó’ en la revuelta; por lo tanto, un héroe. Aunque carece de testigos. Su compañero de parranda ya ha muerto e incluso su mujer duda de la hazaña. ¿Cómo pueden los improperios de un borracho ser considerados actos de valor?
Como toda historia, esta trama permite diversos tratamientos. Pero el director, Corneliu Porumboiu, no opta por uno en particular, sino que escinde la cinta, filma con técnicas heterogéneas y estilos opuestos. Al igual que en Tres mujeres altas, de Edward Albee, aquí los géneros no se mezclan sino que quedan perfectamente diferenciados por un punto de inflexión. Lo que en un principio está actuado, fotografiado y dirigido en tono de pieza, después se transforma en una sólida tragicomedia, género casi extinto que había caído en el abandono desde la gran película de Tim Burton, Ed Wood.
Saturada de humor, la cinta genera una andanada de carcajadas sin necesidad de recurrir al diálogo o la acción. Muchos de los chistes requieren de cierto conocimiento técnico del cine, pero la mayoría pueden ser comprendidos por cualquier persona que haya tenido alguna vez en sus manos una videograbadora. Se trata de una innovación donde el lenguaje fotográfico se vuelve pieza central de la trama: divertidos emplazamientos de cámara, fueras de foco tan sutiles como hilarantes o travellings y barridos inesperados que rompen con la tensión.
Conviene revisar entonces la estructura nada convencional de la cinta. El entorno de tiempo se despliega a lo largo de un solo día (ésto sí, convencional), dividido en dos actos sin respetar el triple esquema aristotélico que aún aplica en los guiones cinematográficos. En el primero -la exposición- conocemos a los 3 personajes principales: un anciano que vestido de Santa Clós ha deleitado a los niños del pueblo durante generaciones, el maestro alcohólico y un productor de la patética televisora local, quien los invita a su programa vespertino, dedicado a la revolución de 1989, en el cual planea esclarecer si hubo o no hubo una asonada en Vaslui.

Durante poco más de media hora, el relato avanza a un lento compás, los saltos de tiempo entre escena y escena mantienen un paralelismo y el guión sigue la inercia de los personajes hasta introducirnos en una atmósfera pesimista, muy habitual en el cine ruso y checoslovaco, cinematografías que dominaron durante décadas este parco estilo que produjo filmes sensacionales e infinidad de suicidios. Mas luego, súbitamente, la película cambia de género; de pronto la cámara se detiene y adquiere otra personalidad. El film se convierte en un talk show y los eventos suceden de manera continua. El entorno realista evoluciona hacia el naturalismo y una nueva convención se establece. Ya no es una filmación profesional, la textura de las imágenes muestra el grano abierto de la televisión y el director de fotografía, Marius Panduru, es sustituido por un simpatiquísimo personaje oculto detrás del lente. El espectador se convierte así en parte de la ficción. Si la pantalla es un muro que restringe el contacto brechtiano y los actores no pueden traspasar la cuarta pared como en el teatro (la fantasía de Woody Allen), entonces el público se mimetiza al compartir el ojo del inexperto camarógrafo.
El cine, a diferencia de la literatura, no puede ser contado desde un punto de vista subjetivo. Mucho menos a través de una perspectiva múltiple, como Faulkner en El sonido y la furia, o el juego de voces simultáneas que Joyce usa en algunos capítulos del Ulises. La narrativa visual de un largometraje sólo se puede plasmar en tercera persona. Existe un viejo recurso, el POV (point-of-view), mediante el cual la cámara imita la mirada de un personaje, pero con horrorosas excepciones, esta técnica siempre se utiliza en una pequeña fracción del pietaje y raramente rebasa un minuto de duración. Nadie querría ver los rascacielos de Manhattan tal como los mira el Hombre Araña, pues el efecto provocaría un mareo crónico y acabaríamos vomitando nuestra butaca.
Aunque la tesis suena demasiado simple, a veces no es fácil percibir estas obviedades. En 12:08 Al este de Bucarest, Corneliu Porumboiu sabe que la convención puede relegarlo y para no perder el control rompe con cierta regularidad la toma continua del supuesto programa de televisión. Lo hace sin aspavientos, casi de manera clandestina, sólo para recordarnos que no somos nosotros quienes dirigimos la mirada a los caracteres, pues hay un realizador detrás tirando los hilos de la trama en un acto de auténtica ventriloquia visual.
_Normal1_18376.jpg)
El cine rumano no está de moda, ni entra en las conversaciones de los snobs. Sus directores, actores y fotógrafos no serán reclutados por Hollywood. Nunca ha sido nominada una película a los óscares. Y sin embargo, la calidad de su cinematografía actual es evidente. Sólo en las últimas tres ediciones del Festival de Cannes, además de la Camera d’Or a Porumboiu, otros dos directores han ganado la sección “Un certain regard” y en éste 2007 tanto la Palma de Oro (a la muy sobrevaluada Cuatro meses, tres semanas, dos días, pronto en cartelera) como el Fipresci, le fueron otorgados a una película rumana. Los premios no son elementos de juicio, pero sí un antecedente positivo si consideramos que hace poco más de una década le ocurrió lo mismo a un puñado de directores chinos (la llamada 5ta Generación: Zhang Yimou, Chen Kaige, Tian Zhuangzhuang), quienes no sólo nos regalaron varias obras maestras sino que activaron una industria que al paso de los años se extendió en toda la región.
A esta andanada de premios se le suma una extraña coyuntura. Apenas con cuatro ediciones celebradas, el Festival de la Ciudad de México ha concedido ya dos veces a los rumanos el premio principal. No es casual. La muerte del señor Lazarescu es una película poco complaciente, de ritmo lento y puede resultar soporífera para quienes siguen la filmografía de Diego Luna porque les gusta ‘el cine de arte’. Sin embargo, parece nuestra. Es la historia de un hombre enfermo que visita en vano varios hospitales de gobierno donde nadie lo atiende y, como su título anuncia, muere en el intento. La historia no sólo se parece a los trágicos casos de nuestros hospitales de gobierno, sino también a un famoso mediometraje de los años setenta, Caridad, de Jorge Fons, donde Katy Jurado debe librar una batalla contra la desidia de los burócratas para conseguir el cadáver de su hijo.

En cuanto a 12:08 Al este de Bucarest, las similitudes no parecen tan obvias. En nuestro país jamás ha ocurrido nada semejante: la dictadura del PRI fue una caricatura de la crueldad de Ceaucescu y el suelo de Tlatelolco aún se distinguía entre los muertos, a diferencia del tapete de balas y sangre que cubrió la plaza de Timisoara. No puede haber en este sentido una comparación temática, como en La muerte del Sr. Lazarescu. Pero en la idiosincrasia de los personajes hay una rápida identificación. Tanto los 3 agonistas como las figuras secundarias reproducen hasta la carcajada el carácter de los mexicanos. Si hiciéramos buen cine, tendríamos un mercado potencial en Rumania. Pues es increíble que mientras las comedias de adolescentes inundan las escasas pantallas y roban los exiguos presupuestos destinados al cine nacional, para hallar el cine que nos refleje debamos viajar hasta Europa del Este (también el Premio del Público del último FICCO fue a dar a aquellos lares).
Ojalá la metáfora final de 12:08 Al este de Bucarest (de nuevo sutil, silenciosa y establecida por medio de imágenes) lleve a la reflexión en la salas de cine, sacuda el incauto criterio de las mentes indulgentes y, cuando las luces se apaguen, el brillo de la rebelión resplandezca.
¿Ya dije que vale la pena verla?
Saturday, November 18, 2006
Payne, je t'aime
Hoy no voy a recomendar que vayan al cine a ver una película, sino a no verla. Sí, paguen un boleto, pero no la vean. Al menos completa. Para no prolongar el vano misterio, aclaro el título: Paris j t’aime. Se trata de un film coral de 18 directores en igual número de episodios, cada uno con la labor de contar una pequeña historia en honor a París, dentro de los límites de alguno de los 20 barrios (arrondissements) que dividen la capital francesa.
El resultado en términos cinematográficos, es malo. Son excepción los segmentos que funcionan. Tal vez el único corto que dentro del contexto cumple de manera impecable sea el de los hermanos Coen. Los demás, quizá por el formato o por la premura de las agendas, quedan a deber. Cuarón, Tom Twyker y Gus Van Sant incluidos.Pero regreso al tema y el porqué dije que hablaría de literatura. De entre todos los episodios sobresale uno en especial: una joya cinematográfica y a la vez literaria. Hablo del cuento que dirige y escribe Alexander Payne.
Para aquellos poco versados en el cine contemporáneo, se trata del director de About Schmidt y quien luego vino a México a presentar Sideways (Entre copas según los distribuidores mexicanos). Si de todos modos no les dicen nada esos títulos, sepan que son dos estupendas películas. No son las únicas que ha hecho, pero las anteriores, ninguna estrenada en México, aunque con algunas virtudes, son muy menores.
Después de ver París, te amo, creo que Alexander Payne ha hecho su mejor trabajo. Curiosamente, en breve formato. Es, tal vez, uno de esos grandes cuentistas que en la brevedad son unos genios y en la extensión de una novela hacen bien las cosas, pero no destacan de la misma manera; ejemplos literarios: Cheever, Fonseca, Cortázar, etc.
Pero esta no es la única coincidencia literaria de Payne, no al menos en el corto incluido en Paris,
je t’aime. Trataré de resumirlo: una mujer típica de la clase estadounidense viaja sola por París. Está entre los cuarenta y cincuenta años y hace once que rompió con su último novio. La vemos recorriendo un parque, tratando de encontrar el amor en las calles de la ciudad. No habla con nadie y su soledad es más grande que la Torre Eiffel. No sostiene ninguna conversación, pues en el episodio no hay diálogos, solamente una voz en off y he aquí la maravillosa mezcla de literatura y cinematografía:El corto está contado a través de un monólogo en francés, mal francés. Si estuviera escrito y lo leyéramos, nos perderíamos no de la actuación, sino de la extraordinaria lectura del texto que hace la actriz Margo Mantindale. El cine y la literatura se complementan: si nada más tuviéramos el cuento en papel, podríamos pensar que se trata de una carta. La imagen y su voz nos lo aclaran: al escuchar su narración con un cargado acento, como una estudiante primeriza de la francofonía, sabemos que está relatando las peripecias de su viaje para una tarea en la escuela de idiomas. O, peor aún, escribiendo para sí misma.
Seré más claro. La literatura nos permite imaginar a los personajes, el entorno que habitan, darles forma en la cabeza del lector. Pero a veces esto perjudica, distrae de la esencia de una historia. En el corto de Payne, la imagen y la narración se integran; es cierto, ya no podemos imaginar a nuestro antojo a esa pobre mujer, pero nos permite concentrarnos en su dolor, enfocar el ojo y el corazón en un solo punto y sentir más aún la pena del personaje.
No es cine, porque no hay acción ni diálogos; tampoco un cuento literario, pues no nos es permitido leerlo a la velocidad que uno desee. Es un híbrido, el arte que se renueva y aprende que de dos géneros que se mezclan puede nacer una nueva forma de expresar las angustias que aquejan al artista, el muñeco sin hilos de esta sociedad ventrílocua.Repito el consejo: vayan al cine, paguen un boleto de Paris je t’aime, pero no la vean completa. Pueden llegar con una hora y media de retraso, tomarse un café con calma y hacer acopio de ánimo para soportar la crueldad melancólica del corto de Alexander Payne.
Thursday, November 02, 2006
Lunar Park
tomar alcohol y entrar a los bares (tres prohibiciones que violé sistemáticamente), Carlos Olmos me recomendó un pequeño libro editado en Anagrama. Ya le había confesado mi torpe decisión de convertirme en escritor, como él, aunque no me interesaba tanto la dramaturgia como la narrativa. Lo mío era contar cuentos. Los contaba mal y los escribía peor, pero mi terca voluntad de ser narrador se mantenía firme. Aquel libro que hoy cumple veinte años de su publicación había aparecido poco tiempo atrás en las librerías de México. Era una novela saturada de drogas, bisexualidad y riqueza, un relato lleno de furia y humor que leí como un cuento de hadas, pues yo no tenía nada de todo aquello. Nunca supe si Carlos me prestó el libro para darme una guía, para persuadirme de abandonar mis aspiraciones literarias o simplemente para anunciarme el futuro que me deparaba la vida si no cedía en mi propósito. El título de aquella novela lo dice todo: Menos que cero.Desde entonces, Bret Easton Ellis ha sido uno de mis autores imprescindibles. Primero pensé que era un placer culpable, un escritor menor (aunque muy divertido) que debía guardar para mí en las conversaciones. Mas luego vino American Psycho y, si bien no entró en el canon ni tuvo aprobación unánime, sino todo lo contrario, al menos en ese huracán de pasiones que despertó yo no era mal visto por expresar la franca admiración que le tenía.
Luego vinieron Los informantes, un libro de cuentos en el que parecía que sus detractores tenían razón, y Glamourama, un thriller brillante como bestseller pero opaco en cuanto a literatura. El primero tiene una gran excusa: fue su libro debut, antes de la publicación de Less than zero. No sé si eso pueda justificar el plagio insolente a un cuento de Carson McCullers. En cuanto a Glamourama, aunque sigue siendo una de las mejores críticas al mundo de la moda, emparentándola con el terrorismo (¿alguien recuerda el pret-a-porter de Altman en estos tiempos en que Meryl Streep viste Prada?), la novela no deja de ser un divertimento que hubiera funcionado mejor en un guión de cine.
Hoy la historia de Easton Ellis cambió por completo. De aquí en adelante no voy a sentir pena al decir que es uno de los mejores escritores estadounidenses vivos y sin duda el más grande de los de su generación (sorry, Eggers, Frozen & Company).
Estas contundentes afirmaciones vienen a cuento por Luna Park, su última novela y la primera que lo coloca donde en realidad debe estar: junto a los maestros. No es casualidad que algunas páginas parezcan escritas por Philip Roth, quizá el mejor prosista de las letras norteamericanas, eterno perdedor del Nobel.
Sin renunciar a su estilo, a su hilarante irreverencia, a su típica manera de autoparodiarse, Easton Ellis toma ahora una drástica decisión: convertirse en el protagonista de la historia, tal como Roth lo ha hecho en otras ocasiones, la última vez hace dos años en The plot against America, una fantasía sobre la vida del niño que fue en un país que nunca existió (Voila!, otra coincidencia).
El arranque de Luna Park es, sorpresivamente, el arranque de todas sus otras novelas. Párrafo por párrafo. Después conocemos a Breat Easton Ellis, el personaje principal del libro que no es otro que él mismo, una suerte de autobiografía donde incluye algunas revelaciones. Menciono la más famosa de todas, estandarte de sus editores: Patrick Bateman, el famoso asesino que rebanaba con una sierra eléctrica a sus víctimas y le disparaba a los pordioseros en American Psycho, estuvo inspirado en Robert Ellis, el papá disfuncional del narrador.
Cuando leí esto, curiosamente, descubrí que no le envidiaba los millones ni la fama que tuvo a los veinte años, tampoco sus reuniones al lado de Michael Stipe y Bono; lo que en realidad no puedo soportar es que de su padre proviniera la base de un arquetipo de esa naturaleza. Si yo parodiara al mío, (una recomendación de Olmos que aún no he seguido) en vez de un asesino serial millonario y fanfarrón me saldría un psicópata mexicano al estilo de Goyo Cárdenas.
Si algo puede criticarse a esta novela es el cambio tan abrupto que hay entre la historia “realista” de la primera parte y la “fantasía” autobiográfica de la segunda. Lo que al principio es un relato ágil que asombra por su sinceridad, después se transforma en una truculenta trama que oscila entre el thriller al estilo Hollywood y el tono fársico de sus anteriores trabajos. Por un lado está la desaparición de unos niños que habitan los suburbios; por otro los crímenes de un copycat de Patrick Bateman, a quien Bret cree mirar en todos los rincones, acechándolo física y emocionalmente, como un espejo de su yo, de su padre y de su hijo ficticio, ya convertido en hombre mayor.
En este punto es donde el lector entra en la dinámica que Easton Ellis compone; una historia de suspenso que raya en lo común y se mantiene de un delgado hilo dramático: la posibilidad de que todas las peripecias del protagonista sean parte de un “viaje” de drogas, una ilusión fomentada por el recuerdo de su padre y la discapacidad (cínica, en ocasiones) para educar a su hijo adolescente.
La paternidad errática, esa filiación afectiva en los seres disfuncionales, es el verdadero tema de la novela. Es también la historia de una venganza literaria: los monstruos que nacen en la imaginación de un escritor pueden volverse contra éste al menor suspiro etílico. Recuerdo que Carlos, embebido en tequila, como siempre, juraba haber visto una noche a Catalina Creel sentada en la cabecera de su cama. La famosísima villana del parche en el ojo no intentó hacerle nada, pero una aparición de ese tipo podría aterrorizar a cualquiera, incluso a su creador. La misma suerte corre Easton Ellis con su criatura. La Creel y Bateman guardan ciertas semejanzas: ambos millonarios, asesinos seriales, iconos de la cultura de su tiempo y, aunque repletos de humor, intimidantes. Cuando se inventan esa clase de personajes hay que cerrar la conciencia con doble chapa.
La novela se sostiene por la capacidad de Easton Ellis de ridiculizarse a sí mismo. Pero esto no hubiera sido suficiente para ir un paso más allá y dar cuerpo literario a la narración. Hace falta mucho talento para jugar con el lector y entretener durante 400 páginas, pero se requiere de algo más para conmoverlo. Es en este punto donde Lunar Park da el salto y consigue rebasar la línea que separa, por ejemplo, a Stephen King de Edgar Allan Poe.
Al avanzar en la lectura se tiene la sensación de que los lineamentos del género acabarán por convertir el argumento en una refocilación autobiográfica dentro de una típica novela de misterio; sin embargo, los capítulos finales, especialmente el último, un prodigio de evocación literaria, confirman lo que seguro es una decepción para los fanáticos de los bestsellers: el giro de suspense aquí no es el descubrimiento del asesino, sino deducir que no hay tal, sólo los demonios de un ser perturbado, el pobre Bret, quien a pesar de su muy cuestionable manera de ser logra ponernos de su lado, ver la vida a través de su desfachatada perspectiva, sin cautelas morales.
El daño que comete está en la medida de sus propias incapacidades. Es incapaz de ser un buen padre, un buen hijo, un hombre respetuoso de las reglas de la sociedad. Easton Ellis coloca a su alter ego en el lugar menos indicado, quizá, para probar su comportamiento en un entorno ajeno. Imaginarse casado con una actriz (no se pierdan su divertidísima web http://www.jaynedennis.com/), habitando con su supuesta familia en los monótonos suburbios, como un contador buga, es un acto de valentía para un escritor gay, alcohólico, junkie, obsesivo y simplemente genial.
Qué bueno que es así.
